Pura y Limpia del Postigo | Periodo de subidas y bajadas
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S. XIX: Periodo de subidas y bajadas

Es en 1804, coincidiendo con el cambio del anterior Hermano Mayor y casi refundador de la Hermandad, don Domingo Agüera por don Francisco de la Barrera como Alcalde, cuando toman nuevo auge los afanes de los hermanos; se reparan varios enseres, entre ellos, la vara de plata del Estandarte, se fijan nuevas Ordenanzas para los entierros de los hermanos, se celebran los Cabildos y las elecciones regularmente, etc.

 

En 1806, muere don Domingo Agüera, y la Hermandad le rendirá solemnes sufragios en el Convento Casa Grande de San Francisco, adonde se dirigió en procesión con el Simpecado, asistiendo numerosos hermanos.

 

En esta época, se celebra la Función a la Virgen en el Convento de Santo Tomás, y en 1810, vuelve a sumirse en una profunda decadencia, hasta 1818, en que Félix Mora, su Hermano Mayor le da nuevo impulso.

 

Durante ocho años, la Hermandad vuelve a tener la vitalidad de mediados del siglo XVIII; se recomponen insignias, se incrementa el número de hermanos y se vuelve a sacar el Rosario mediante las suscripciones de los mismos, que alcanzaban la cantidad de 300 reales; por lo que al ser el costo de éste de 340 se prevé que con las demandas habrá suficiente. Era éste el único gasto que se hacía en esta época, pues expresamente se prohíbe en Cabildo dedicar nada a la atención de difuntos.

No sabemos por qué se decide en este momento que el Rosario saliera en la víspera de la Asunción.

 

Sin embargo, habría de pasar la Hermandad más calamidad, pues hasta 1826 no tenemos noticia de su existencia, ni se reúne el Cabildo y es el 30 de julio de este año cuando se elevan al Arzobispado nuevas Reglas, aprobadas el día 17 de septiembre de ese mismo año por el Cardenal Arzobispo Francisco Javier de Cienfuegos. Reorganizada la Hermandad, se celebran elecciones y se acuerda vuelva a salir el Rosario. Pero la Asistencia de hermanos a este acto debió de seguir siendo escasa, pues un año después, se acuerda volver a designar “meseros” que promuevan la asistencia a éste.

 

Debe ser en esta Regla, cuando se separaron las cuentas del Rosario de las de difuntos y entierros, creándose así dos fondos, teniendo el primero un déficit crónico, suplido por el segundo.

 

De septiembre de 1827 se conserva una escueta relación de enseres de la Cofradía, al decidir los hermanos repartírselos entre ellos para su custodia, pues el que los guardaba hasta este instante, pretende cobrarle a la Hermandad por ello. Los bienes con que contaba, aparte naturalmente de la Capilla, eran los siguientes: Simpecado, diversos ornamentos y candelabros de plata, paño de muertos, una caja de cirios y seis faroles, varios fanales y seis faroles más, además, dos pasos viejos y dos esteras que se acuerda vender por su inutilidad.

 

En 1829, se acuerda nuevamente suprimir la música del rosario por lo crecido de su costo, lo que supuso una cierta recuperación en la Hermandad que al año siguiente traslada la Virgen al Convento de Santo Tomás para celebrar la Función.

 

Creemos que la falta de ordenanzas concretas, o la inutilidad de éstas, es lo que unido a las dificultades que ya hablamos en un principio, y al ambiente general de la época, es lo que propicia estos vaivenes en la vida de la Hermandad. Esto se pone de manifiesto, en que en 1831 se habla de dos Reglas, la nueva y la antigua, y que ambas se contradicen entre sí; por otro lado, hasta el año anterior, el mayordomo no logra hacerse con la custodia de todos los enseres de la Hermandad.

 

Durante los años treinta del siglo XIX, tan sólo un hecho digno de mención, y es que la Hermandad recibió por hermano al Arzobispo de Sevilla D. Francisco Javier de Cienfuegos en Cabildo de 27 de noviembre de 1831, juntamente con sus secretarios particulares. La vida de la Hermandad en esta época, se limitó a una constante lucha contra el déficit que la atenazaba, para lo que se reducen gastos y se insiste a los hermanos para que abonen los atrasos que deben.

 

El punto crítico se produce en 1833, cuando al azotar a la ciudad una epidemia, la Hermandad se ve impotente para afrontar los compromisos de entierros, debiendo suspender todo gasto en este sentido. Sin embargo siguió celebrándose el Rosario y la Función.

 

No será hasta 1849 cuando la Hermandad vuelva a resurgir tímidamente, siendo ésta última etapa, el final de toda una forma de entender la Hermandad. Será en 1852 cuando una nueva Junta tome las riendas de la Corporación, no sin una acendrada resistencia por parte del Secretario saliente; resistencia que a la postre daría al traste con los intentos y la buena voluntad de los hermanos de llevar a la Hermandad a la pujanza de tiempos anteriores.